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jueves, 6 de agosto de 2009

25 de mayo de 1809, primer grito libertario

A comienzos del siglo XIX, la ciudad de Chuquisaca seguía siendo uno de los centros privilegiados después de Lima y Buenos Aires, equidistante entre ambas capitales y vecina de uno de los mayores reservorios de Plata que el mundo ha conocido: Potosí. Sede de la Real Audiencia de Charcas y de la Universidad de San Francisco Xavier.




La primera tenía bajo su jurisdicción inconmensurables territorios que se extendían desde la costa del Pacífico y comprendían gran parte de la cuenca del río de La Plata y de Moxos, abarcando el norte argentino y prácticamente todo el desértico chaco boreal. La Universidad, por otra parte (fundada en 1624 por el jesuita Juan Frías de Herrán), se hizo célebre en los dominios de la Real Audiencia de Charcas por su famosa Academia Carolina, en la que los abogados iniciaban el ejercicio pleno del derecho y administraban las Leyes de Indias dictadas por el soberano en la capital del Imperio español.




De ahí que no fue casual que en Chuquisaca y en los claustros de San Francisco Xavier fermentara durante décadas (desde fines del siglo XVIII, cuando se produjeron los levantamientos indígenas liderados por Tomás Katari, Tupac Amaru y Julián Apaza) la idea revolucionaria de la independencia de la corona española. El proceso fue madurando, cocinándose a fuego lento bajo el influjo de los movimientos enciclopedistas que alborotaban y encendían pasiones clandestinas por la libertad y la emancipación del yugo monárquico.




Una convergencia de ideólogos de los Virreinatos de Lima y del Río de La Plata se produjo en Chuquisaca y llevó adelante el proceso revolucionario que culminaría el jueves 25 de mayo de 1809 a las seis de la tarde. Para entonces, la Universidad era un hervidero de noticias, rumores y especulaciones sobre la situación de la gran Metrópoli que un año antes, el 2 de mayo de 1808, se había rebelado en las calles contra la invasión de José Bonaparte, impuesto por su hermano, el emperador Napoleón Bonaparte, iniciando la guerra de la independencia de Francia. Francisco Goya y Lucientes ha dejado plasmado ese día de furia en su alucinante cuadro: “Los fusilamientos del 2 de mayo”.




La intelectualidad universitaria, auténtica élite de la ciudad y del Alto Perú, estaba buscando una oportunidad, una coartada para lanzar lo que después se convertiría legítimamente en el primer grito libertario.




Los historiadores que han buceado los remotos antecedentes de la gesta independentista sacan de la baza muchas otras explicaciones, motivaciones, cuándo no justificaciones para la ruptura que cambió el destino de un continente y de un reino en decadencia: la difusión subrepticia de las doctrinas liberales de fines del s. XVIII, el decurso de las invasiones napoleónicas que derivaron en la abdicación de Carlos IV, la creación de la Junta de Sevilla, el hastío de más de dos siglos de colonialismo y centralismo de la corona que pesaba como un dogal sobre los criollos e indígenas. También influyeron, desde luego, las piadosas críticas de religiosos (como Fray Bartolomé de las Casas), que habían plantado junto a los conquistadores la fe en Cristo, sobre el régimen de servidumbre que padecían los americanos y el despotismo que emanaba de sus actuaciones, dirigidas casi exclusivamente a engrosar las arcas de la corona.




No estaban lejanas, asimismo, en la conciencia de los súbditos, las gloriosas epopeyas escritas en la Revolución Francesa y en la Independencia de los Estados Unidos de Norte América. De la primera, el ideario de libertad, igualdad y fraternidad, sonaba como música en los espíritus libertarios que convertían aquellas gestas en modelos a seguir para acabar de una vez y para siempre con el dominio español.




Tal fue el fermento, el verdadero caldo de cultivo del levantamiento del 25 de mayo de 1809. Sus efectos iniciales, constreñidos en principio a la sublevada Chuquisaca y a sus oidores, pronto se dejarían sentir, como efecto dominó en otras ciudades del Virreinato, y, por supuesto, de la inconmensurable Audiencia de Charcas.




Razones de índole económica vinculadas al comercio entre las colonias y la Península se entremezclan en toda esta vorágine que precedió a esa improbable tarde de otoño en la que la pasividad de la ciudad y de sus gentes de rancio abolengo cedió la iniciativa a la euforia popular, desencadenada por un arresto ordenado por el presidente de la Audiencia, don Ramón García de León y Pizarro. El monopolio en el intercambio de mercancías entre España y las colonias desalentaba la expansión y venta de los productos, mayormente minerales, con los que alimentaba América a la economía del Imperio. La producción de minerales, basada en un sistema de esclavitud de los indígenas, enriqueció a la corona, pero, del mismo modo, convirtió a Inglaterra en la primera potencia industrial y a su armada en la más temida.




La incierta situación de la Metrópoli, signada por la creación de la llamada Junta de Sevilla por José Bonaparte, dio lugar a lo que Gabriel René Moreno (Santa Cruz 1802-1866) calificó como silogismo altoperuano. El razonamiento parte del hecho de que ante la ausencia del rey —depuesto por Bonaparte— la Junta de Castilla dejaba en manos de los americanos la posibilidad de elegir su futuro, en tanto y cuanto las colonias eran literalmente propiedad sucesoria del monarca. La tesis fue asimilada en otras latitudes del Virreinato y avivó, en Buenos Aires como en Charcas, la idea de la emancipación. Las condiciones estaban dadas.




La argumentación de los “doctores de Charcas”, contenida en el acta del Claustro de la Universidad de San Francisco Xavier y cuya autoría correspondería, por propia confesión, a Jaime Zudáñez (en respuesta a los papeles recibidos de José Manuel de Goyeneche y de la Infanta Carlota Joaquina), sostiene: “El pacto de los pueblos americanos es exclusivamente personal con el Monarca y no a sus reinos metropolitanos. Si el legítimo Rey ha abdicado, aquel pacto ha dejado de existir y, por tanto, el intruso (José Bonaparte) no merece obediencia; sus autoridades deben cesar en sus funciones, y las provincias deben proveer su gobierno”.



La crisis del imperio español, desgastado por permanentes guerras contra los ingleses, debilitó profundamente la tuición que ejercía (casi a control remoto) desde Madrid sobre los vastos territorios conquistados. El mundo estaba cambiando: la revolución industrial en Inglaterra y la resignación de la península a favor de Napoleón, tras la abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando VII, crearon un panorama de confusión en las colonias. España estaba, en aquellos inciertos y claudicantes años, más ocupada en restablecer el orden monárquico arrebatado por los franceses, que en atender y entender los inequívocos síntomas de rebeldía en América, expresados en los levantamientos indígenas, sofocados cruelmente en Chayanta, el Cuzco y La Paz por Tomás Katari, Tupac Amaru y Tupac Katari en 1780 y 1781.



LOS PROTAGONISTAS CENTRALES



Tupac Katari, un hombre con indómito carácter
A los 30 años, Julián Apaza, Tupac Katari, era un hombre curtido por una vida de vicisitudes. Vivió en circunstancias difíciles: las de un pobre comunario asentado en un ayllu rural del altiplano. Una presumible poliomielitis lo había dejado con las piernas retorcidas. Esta aparente debilidad no le impedía desarrollar una energía sólo comparable con su indómito carácter. Desde joven se sentía, y así lo demostraba, autosuficiente. Conoció de cerca el trabajo laborioso y esclavizante de las minas y, por supuesto, el poder económico que conllevaba la industria minera colonial.



Trashumante en actividades comerciales, recorrió palmo a palmo las provincias del altiplano. Tompson añade que “estaba acostumbrado a tratos bruscos con los otros indios, cholos y mestizos que llevaban sus caravanas de llamas o recuas de mulas por las mismas rutas, y a través de sus encuentros escuchó historias acerca de los lugares más distantes del reino”. En sus viajes conoció sobre la vida de la gente que residía en el altiplano y en los valles interandinos. Adquirió con el tiempo y sus relaciones comerciales un amplio conocimiento de los modos de dominación colonial cotidianos y sutiles, así como de los sufrimientos comunes de los indios, sus miedos y resentimientos, y su aspiración a liberarse del pesado yugo.



Jaime Zudáñez, el principal exportador
Puede afirmarse que la detención de Jaime Zudáñez fue la chispa de la chispa. Es decir: convocó a la insurrección y ésta al proceso emancipador. El protagonista más destacado nació en La Plata en 1772 y falleció en Montevideo en 1832. Su perfil es la del revolucionario, legislador y magistrado. Se le atribuye a Zudáñez la redacción del llamado “Catecismo Político Cristiano”, un panfleto que señala el rumbo de la emancipación chilena.



José Bernardo, Monteagudo Cáceres
Uno de los “doctores” de Charcas. Salido de la Universidad de San Francisco Xavier de la Facultad de Leyes. Recibió el título de abogado en 1808. Dicen que Monteagudo era un criollo español al que se lo conocía por el apodo de “El Mulato”. Su radicalismo lo alejó a la retaguardia del movimiento primigenio.



Mamuel Zudáñez de La Torre
Otro de los ilustres charquinos que, junto a su hermano Jaime, estuvo en la línea de fuego en el movimiento emancipador, destacándose antes en la publicación de pasquines con ideas libertarias. Miembro activo de las llamadas juntas clandestinas y también uno de los principales opositores al “carlotismo” que se endilgaba a Goyoneche. Fue protagonista del levantamiento del 25 de mayo de 1809. Murió en la cárcel.



José Joaquín de Lemoine
Nació en La Plata en 1776 y murió en la misma ciudad en 1856. Tuvo un papel destacado en la revolución del 25 de mayo. Su actuación le ocasionó el destierro a Puno durante la presidencia del Gral. Nieto. Un espíritu inquieto como él, se unió a los ejércitos argentinos y combatió en las batallas de Tucumán, Salta, Sipe Sipe y la guerrilla de Güemes. Retornó a la nueva república.



Mariano Michel Mercado
Fue uno de los emisarios del levantamiento del 25 de mayo de 1809. La Audiencia gobernadora lo envió primero a Cochabamba y luego a La Paz, donde llegó el 11 de julio para informar sobre los antecedentes y el carácter de los hechos acaecidos en Chuquisaca. El diccionario histórico de Barnadas sostiene que, así como por investigaciones, se valora el rol que jugó Mariano Mercado.



Fernando VII
Puede afirmarse que bajo su reinado España perdió la mayor parte de sus colonias en América, a partir de 1824. En realidad, no fueron tiempos fáciles los que le tocó a este rey: la invasión napoléonica que desató la Guerra de la Independencia de España, los levantamientos libertarios de América, la restauración de la monarquía absolutista, la cesión de La Florida a los EEUU.



José Manuel Goyeneche
Este militar nacido en Arequipa se hizo famoso porque fue portador de las pretensiones de la Infanta Carlota para detentar el control de las colonias. La Junta de Sevilla lo envió a América para que informe sobre la situación de las autoridades del Virreinato del Río de La Plata. Cuando llegó a La Plata, la Audiencia, la Universidad de San Francisco Xavier y el Cabildo rechazaron las intenciones de la princesa Carlota Joaquina. Goyoneche reprimió a los insurgentes y combatió sin tregua.



Teresa Bustos Lemoine
A semejanza de Juana Azurduy (que combatió junto a su esposo durante la Guerra de la Independencia), Teresa Bustos es una de las mujeres de la revolución del 25 de mayo y una de las adherentes más entusiastas a la causa junto a José Joaquín de Lemoine. En la jornada del levantamiento estuvo entre las personas que tocó a rebato las campanas en el templo de San Francisco.



Francisco Ríos (El Quitacapas)
El Quitacapas fue uno de los cabecillas del levantamiento. Liberó a los presos y recibió 4.000 pesos del arzobispo Moxó para repartirlos entre los sublevados. Su huella se pierde después de actuaciones pasajeras en varias movilizaciones surgidas desde el 25 de mayo. Se subió al carro de la insurrección, su arrojo no tuvo límites.



Juan Antonio Álvarez de Arenales
Fue el héroe militar del levantamiento del 25 de mayo de 1809. Forjador de la independencia de Charcas con el II Ejército Argentino y la guerra de las republiquetas. Brigadier Gral. del Ejército Argentino, Mariscal de los Ejércitos de Chile y Perú por su gloriosa participación en Ejército de los Andes y en el Ejército Unido”. Su acción más relevante fue la proclamar el derecho del Alto Perú a “decidir libremente su destino”.



Los aborígenes, unas veces aliándose con los criollos para hostigar a los colonizadores y otras tomando partido en las guerras intestinas de españoles, sacudieron a los atormentados territorios del Nuevo Mundo.



* “El grito que cambió la historia. El ABC del 25 de mayo de 1809”, Biblioteca del Bicentenario. Primer grito Libertario. CAF
www.bolivia.org.bo Carlos Mesa, “Historia de Bolivia”, textos elaborados por encargo del Instituto Nacional de Estadística.
1997. Mesa, Carlos. “Historia de Bolivia”, Ed. Gisbert.
1996. Baptista Gumucio, Mariano. “Historia contemporánea de Bolivia”, Ed. Fondo de Cultura Económica, México.